Cenador de Rusiñol
Los Jardines de Aranjuez conservaron su prestigio a lo largo de los siglos XIX y XX, convirtiéndose en fuente de inspiración para poetas, escritores y artistas vinculados a las generaciones del 98 y del 27. Entre ellos destaca el pintor Santiago Rusiñol, uno de los grandes paisajistas del primer tercio del siglo XX, que dedicó numerosas obras a este Real Sitio. En sus lienzos representó tanto espacios históricos consolidados, como el Jardín de la Isla, y también otros ámbitos de creación más reciente.
El llamado Cenador de Rusiñol es uno de estos ejemplos. Se trata de una bóveda de cipreses creada hacia 1900, pocos años antes de que el pintor lo eligiera como motivo pictórico. Su interés radica precisamente en esta circunstancia: no forma parte del trazado histórico del jardín dieciochesco promovido en época de Carlos IV, sino que constituye una incorporación tardía al paisaje del Real Sitio, reflejo de nuevas sensibilidades estéticas y del gusto por los espacios íntimos y evocadores propios del cambio de siglo.
La elección de este Cenador por parte de Santiago Rusiñol contribuyó decisivamente a su valoración artística y simbólica, al integrarlo en una mirada moderna sobre los jardines históricos, en la que naturaleza, memoria y emoción adquieren un papel protagonista. A finales del siglo XX, Patrimonio Nacional acometió la restauración del Cenador, dado que el existente carecía de una estructura adecuada de sujeción y presentaba un estado fitosanitario muy deteriorado. La intervención permitió recuperar este espacio singular, hoy asociado de forma inseparable a la figura del pintor y a la proyección cultural contemporánea de los Jardines de Aranjuez.
Rusiñol, Santiago
Nació el 25 de febrero de 1861 en Barcelona. Criado en el seno de una familia de la burguesía catalana, en 1887 dejó de lado el negocio familiar que había heredado de su padre y se dedicó por completo a la pintura. Tras un viaje en compañía de Zuloaga a Florencia, centró su actividad en el género del paisaje. Instalado en Granada en 1897, realizó una serie de cuadros sobre algunos de los jardines más destacados de España, como los de la Alhambra o más notoriamente los de Aranjuez, cuya exposición en 1899 en la Galería L’ Art Nouveau de París supuso su reconocimiento internacional. Sus vistas de los jardines de Aranjuez ayudaron a su revitalización, lo que atrajo a intelectuales y artistas que aplaudieron su belleza y permitió al Real Sitio experimentar una “edad de plata”. Murió el 13 de junio de 1931, durante uno de sus viajes a Aranjuez.
Antes Pintura impresionista de un paseo de jardín bordeado de flores y árboles recortados.
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